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This article was written on 31 oct 2013, and is filled under Historia, Libros.

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Ibiza y los ejes psíquicos del mundo

El viaje, que es una ciencia más grande y más seria,
nos devuelve a nosotros mismos.
Albert Camus

 

Por Marta Moreira

Existen en el mundo lugares remotos, exóticos, misteriosos. Lugares donde el turista se siente viajero, y el viajero se siente en casa; como un nativo que llega con retraso. La distancia geográfica genera la ilusión de una evasión auténtica. La percepción de que por fin podremos huir de nosotros mismos y de los demás. De que es posible decirle que le jodan al mundo.

¿Lo es? ¿Seguro?

En “El cielo protector” (1989), la adaptación cinematográfica que hizo Bertolucci de la novela del escritor y compositor Paul Bowles (Nueva York, 1910-Tánger, 1999), se describe muy bien el carácter circular de estos viajes promovidos por una crisis de identidad que nunca llega a abandonarnos. En la película -que no deja de ser el trasunto literario de la vida real de Bowles y su mujer en los años cuarenta-, el desierto actúa como metáfora elocuente del hastío existencial de los protagonistas. Debra Winger y John Malkovich interpretan a un matrimonio bohemio neoyorquino que vive sus horas más bajas. Pretenden que la experiencia del viaje brinde un nuevo sentido a sus vidas. En la cúspide del triángulo encontramos a Campbell Scott, joven rico y sin más intención que la de hacer turismo y volverse a casa (a ser posible, llevándose a la mujer de su amigo). En la novela y la película -que no voy a destripar por si alguien no la ha leído o visto- se revive la vieja idea de Horacio de que viajando se puede huir de la patria, pero no de uno mismo. Y añade otra: que aun cuando vamos acompañados, el viaje es, siempre, en el fondo, un tránsito por los meandros de nuestra soledad. Y si no ocurre así quizás es porque estás publicando demasiadas fotos en Instagram. Porque ves, pero no miras.

 

Fotograma de "El cielo Protector", con Debra Winger y John Malkovich

Fotograma de “El cielo Protector”, con Debra Winger y John Malkovich

 

“A partir de cierto punto, no hay retorno posible.
Ése es el punto al que hay que llegar”
Frank Kafka

 

 

Paul Bowles y su mujer Jane

Paul Bowles y su mujer Jane viajaron durante décadas, especialmente por Sudamérica y África. Sus andanzas quedaron plasmadas en “Memorias de un nómada” (Grijalbo, 1990)

 

Bowles, Tánger

Bowles, fotografiado en su casa de Tánger en 1989. El escritor norteamericano, amigo de beats y surrealistas y aficionado a fumar kif, hizo de anfitrión para viajeros esporádicos como Burroughs, Kerouac y Capote

 

Buscadores de utopías

No hace falta irse a África para dar esquinazo al mundo. Existen otros lugares, algunos muy cercanos, que durante décadas actuaron como polos de atracción para buscadores de utopías y evasores existenciales. Uno de esos destinos era Ibiza.

Soñadores, desheredados y bon vivants; gente huyendo de la guerra o de la mediocridad. Procedentes de todo el mundo, llegaban a la isla blanca con el propósito de refundar su realidad. Las islas Pitiusas, que hoy se nos aparecen bajo la luz desnaturalizada y grotesca del turismo masivo, eran consideradas a principios del siglo XX como uno de los grandes ejes psíquicos del mundo. Es una historia conocida, sobre la que se ha escrito mucho, pero que muchas veces queda resumida en cuatro clichés sobre los asentamientos hippies de los sesenta, cuando quizás la etapa más interesante fue anterior. La que vio a Tristan Tzara en los bares del puerto bebiendo vino blanco con su amante sueca colgada del brazo; el tiempo lleno de contrastes en el que Walter Benjamin y Pierre Drieu La Rochelle -judío y fascista respectivamente-, conversaban en un patio ajardinado, ajenos al destino suicida que acabaría encontrándolos a ambos unos años después.

Ibiza, años cincuenta

Ibiza, años cincuenta

Uno de los escritores que más claramente ha sintetizado la evolución del mito ibicenco desde principios de siglo XX hasta los años ochenta es el poeta y ensayista Vicente Valero, nacido en esta isla en 1963. En “Viajeros contemporáneos” (Pre-Textos, 2004), Valero no hace un relato cronológico y exhaustivo de la vida bohemia en Ibiza, sino que reúne multitud de anécdotas y fotografías que nos permiten reconstruir cómo nació y murió el mito de Ibiza (y a veces, también el del viaje).

El paisaje rural, la vida austera de los pescadores y campesinos, desarrollada a los pies del Mediterráneo y entre bancales de algarrobos, pinos e higueras, atrajo ya antes de la Primera Guerra Mundial a algunos los viajeros del mundo occidental, que al pisar la isla creían haber encontrado un fragmento perdido de la Antigüedad.

Santiago Rusiñol

“Vaixells blancs” (1904), Santiago Rusiñol

No sólo eran extranjeros. Entre los primeros artistas-viajeros de los que se tiene noticia en la isla se encontraba Santiago Rusiñol (1861-1931), que aparte de pintar paisajes idílicos desde atalayas montañosas -para mí, mucho menos interesantes que sus retratos urbanos modernistas- dedicó su estancia a expoliar yacimientos arqueológicos con toda impunidad. Entre 1912 y 1913 recogió figuras de terracota y todo tipo de objetos, reunidos hoy en su casa-museo de Cau Ferrat, en Sitges. Sorolla repetiría la hazaña seis años más tarde, aunque al parecer con menos ahínco. En fin, eran otros tiempos; menos melindrosos.

También en esa época pasaron por la isla escritores naturalistas como Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). Antes de cruzar el Atlántico para emprender el negocio que acabaría arruinándolo, el autor de “Cañas y barro” hizo un pequeño viaje por las Baleares que sería el germen de “Los muertos mandan” (1909), un libro con el que contribuyó a forjar la leyenda negra de Ibiza como reducto de asesinos y ladrones despiadados; como un lugar dominado por una sociedad necesitada de progreso. Esta visión condescendiente -y según asegura Valero, bastante sensacionalista- procedía de un hombre, por entonces ya rico y famoso, cuyo idealismo se centraba en el activismo republicano y en la idea de hacer fortuna creando dos grandes colonias de valencianos en Argentina dedicadas al cultivo del arroz y la naranja.

Ibiza, por tanto, atraía a intelectuales y artistas desde principios de siglo, pero sus motivaciones no tenían nada que ver con el espíritu rupturista y contracultural de los que llegaron a partir de los años treinta -representantes del dadaísmo, el surrealismo, la Bauhaus, etcétera.-

Walter Benjamin, “el miserable”

Uno de los ibicencos de adopción más conocidos fue Walter Benjamin (1892-1940), que llegó a cambiar hasta siete veces de residencia en la isla; apañándose como podía, viviendo precariamente. Llegó a hacerlo en una casa a medio construir, tipo okupa. Hasta que le echaron. Sin un duro y con un ritmo de vida improvisado y caótico -los lugareños le apodaron “el miserable”-, el pensador alemán se dedicaba a escribir y a pasear sin rumbo durante horas por el paisaje roturado de caminos pedregosos que caracteriza a Ibiza. Le acompañaba a menudo su amigo Paul Gauguin, nieto del pintor simbolista. En aquella época (1932-1933), el filósofo alemán escribe “Conversación sobre El Corso” y “Experiencia y pobreza”.

Jean Selz, un pescador, el nieto de Paul Gauguin y Walter Benjamin

El crítico de arte y coleccionista Jean Selz, un pescador, Paul-René Gauguin y Walter Benjamin (con gafas)

En este documental de TVE  de 2005 se explica más a fondo cómo fue la estancia de Benjamin. Es muy interesante porque incluye imágenes rodadas en la época, cuando Ibiza era una isla pobre, campesina (y tranquila). El propio Valero habla también aquí del regreso de Benjamin a Berlín, deprimido y enfermo de malaria, en los albores del nazismo. Era justo el inicio del exilio masivo de intelectuales alemanes a Estados Unidos y otros destinos europeos, entre ellos las Baleares.

raoul hausmann

Raoul Hausmann

Uno de los berlineses que llegó a Ibiza huyendo del Nacional Socialismo fue el fotógrafo, poeta y escritor dadaísta Raoul Hausmann (1886-1971), que se instaló con su mujer y su amante en el pueblo de San José. Sus experiencias autobiográficas se recogen en el libro Hyle. Ser-sueño en España”, cuyos protagonistas no hacen otra cosa que caminar. Al igual que todos los artistas de vanguardia de la época –y en especial los surrealistas-, Hausmann estaba fascinado por el arte primitivo y civilizaciones atávicas como la ibicenca, a las que presuponían una autenticidad no contaminada por el racionalismo de las sociedades occidentales. Son los años en los que la etnografía se abría paso en la ciencia académica, sobre todo a partir de la creación del Instituto de Etnografía en la Sorbona, entre cuyos alumnos se encontraba el surrealista Michel Leiris, autor del mítico libro sobre la misión Dakar-Djibouti, El África Fantasmal.

Decíamos entonces que la crítica hacia las potencias coloniales y la visión etnocétrica y autoritaria del mundo encontró acomodo en la cultura y la forma de vida de las islas Pitiusas. Particularmente en su arquitectura, cuyo carácter funcional y perfectamente incardinado en el paisaje interesó a filólogos, sociólogos y a arquitectos como Josep Lluís Sert, Erwin Broner, e incluso Le Corbusier y el fundador de la Bauhaus, Walter Gropius. La unidad de escala –principio urbanístico que se rompe posteriormente con la eclosión del turismo y los edificios de varias alturas- y la capacidad de las casas ibicencas para responder a las necesidades del ser humano, enamoraron a los arquitectos racionalistas, que buscaban reductos arcaicos de pureza constructiva. Las casas payesas tenían (tienen) planta rectangular, tejados planos para aprovechar el agua de la lluvia, muros gruesos para proteger del calor, y una puerta principal de madera que siempre mira al sur, para aprovechar las máximas horas de luz durante el día. Es la vida en torno al porche. Como si hubiese sido diseñada a medida de las palabras del mexicano Octavio Paz, para quien la felicidad no era más que “una sillita al sol”.

 

Uno de los proyectos desarrollados por Erwin Broner en Ibiza entre los años cincuenta y sesenta, donde combinaba la arquitectura tradicional de la isla con los principios racionalistas de Le Corbusier

Uno de los proyectos desarrollados por Erwin Broner en Ibiza entre los años cincuenta y sesenta, donde combinaba la arquitectura tradicional de la isla con los principios racionalistas de Le Corbusier

 

La utopía arquitectónica de Ibiza convivió con la contracultural hasta los años setenta, momento que para muchos marca el fin del mito porque coincide con la mercantilización de la imagen de la isla y su presencia en todos los periódicos del mundo. Los dadaístas y surrealistas dieron paso a los beatniks, y los beatniks a los hippies, que la sumaron como un eslabón más dentro de la ruta entre Tánger y Katmandú. La mayoría emprendía el viaje con una visión transformadora del mundo. Otros, como Emil Cioran, lo hacían para proseguir con su estética de la desesperación.

A Emile Cioran, esteta de la desesperación, no le sentaba bien el calor ibicenco

A Emile Cioran, esteta de la desesperación, no le sentaba bien el calor ibicenco

“Cuaderno de Talamanca” es el resultado literario de la ciclotímica experiencia del filósofo rumano en Ibiza en el verano de 1966. Acuciado por su perenne angustia metafísica, su hipocondría y nihilismo, Cioran llegó a la isla con el convencimiento de que “vivir lejos del Mediterráneo es un error”, para irse espantado un mes después, incapaz de soportar el calor inclemente de las baleares (entre otras cosas). Confinado entre los muros de la casa de paredes blancas donde se alojaba, su estancia fue productiva desde el punto de vista literario, pero no social. Pálido, circunspecto y pesimista -no en vano uno de sus principales referentes era Schopenhauer-, “los esfuerzos de Cioran por dejarse llevar por los sentidos chocaban con su torturado proceso de intelectualización”. Así describe Vicente Valero en “Viajeros contemporáneos” al protagonista de “Cuaderno de Talamanca”, alter ego de Cioran: “Odia el sol y odia bañarse en el mar. Odia también el ruido de aviones, de coches y de transistores. Odia en definitiva haber viajado a Ibiza, pero también odia tener que regresar a París. Descontento con casi todo, se dedica a leer a los gnósticos y a escribir en su cuaderno”. Amargo, cáustico y paradójico. Cioran en estado puro.

El mito de Ibiza se prolongaría durante las siguientes décadas. Llena de rincones mágicos, como el acantilado Atlantis o el islote de Tagomago (que inspiró a esotéricos como Aleister Crowley, influyó a Can para crear una de las obras maestras del krautrock alemán y a Leopoldo Panero para escribir poemas); Ibiza vería morir a Nico de la forma más tonta -tiene narices sobrevivir a la heroína para morir golpeándote la cabeza al caerte de una bici – y pondría el contexto a la famosa boda punk de Nina Hagen.

Para algunos el mito continúa, transfigurado en los afters de Sven Vath y la presencia de Puff Daddy en Amnesia. Pero en eso no me meto, que es harina de otro costal.

 

 

Bibliografía y lecturas complementarias:

“Viajeros contemporáneos”, Vicente Valero (Pre-Textos, 2004)

“Luis Buñuel: entre el surrealismo y la etnografía”. Dolors Marin
“Experiencia y pobreza”, Walter Benjamin
“Hyle. Ser-sueño en España”, Raoul Hausmann
“El África fantasmal”, Michel Leiris
Más sobre viajes hippies en el blog Psicolabio 

 

 



4 comentarios

  1. Alba Veryser
    5 noviembre, 2013

    Un artículo flipante, felicidades Marta!

    • Marta Moreira
      5 noviembre, 2013

      Muchas gracias :)

  2. ana gonzalez lopez
    6 noviembre, 2013

    tu viaje a Tailandia debió de inspirarte en la idea de otros supuestos paraísos mas cercanos. Genial lo recomendaré

  3. ana gonzález lópez
    6 noviembre, 2013

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