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This article was written on 19 jul 2013, and is filled under Ciencia, Derivas.

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El día qué hablé de viajar en el tiempo con un científico del CERN

Para los profanos en la materia, los científicos no son seres de este planeta. Les envolvemos en un halo místico; no de lo divino, sino de lo inescrutable. Conceptos abstractos con nombres magníficos. Donde ellos ven algoritmos, nosotros vemos estrellitas y colorines.

Desde mi perspectiva terrenal, observo a estas personas con una mezcla de devoción y curiosidad entomológica. Qué parte de la ecuación les lleva a predecir la existencia de una sexta dimensión. Cómo es posible. Qué se han comido.

A los científicos les preside la autoridad que otorga nuestra ignorancia, la de la mayoría de los ciudadanos. Confíamos en ellos gran parte del progreso de la economía y la supervivencia de la humanidad. Visto así, a veces pienso que lo suyo sería ir a comulgar los domingos al MIT.

Los líderes religiosos son muy conscientes de este hecho -la condición de semidioses que concedemos a los hombres de ciencia-, y por eso peregrinan habitualmente al CERN, que es el panteón donde se busca (casi podemos decir que se ha encontrado) el bosón de Higgs. No lo digo yo, me lo cuenta Philippe Bloch, jefe del Departamento de Física de la Organización Europea para la Investigación Nuclear y uno de los responsables del proyecto del Gran Colisionador de Hadrones (LHC en inglés).

Teoría de Kaluza-Klein

La teoría de Kaluza-Klein implica la existencia de cinco dimensiones

Cardenales católicos, líderes islamistas, judíos ortodoxos, incluso el Dalai Lama se deja caer de vez en cuando por Ginebra, para ver qué está urdiendo esa gente en bata en su chiringuito. No lo digo yo, lo dijo el Papa Juan Pablo II en una visita al CERN que se ha convertido en leyenda. Cuentan que dijo: “Vosotros investigad todo lo que queráis, pero dejad en paz el origen del universo, ‘cause that’s my business. Muy macarra la anécdota, me encanta. Y es que, al fin y al cabo, ciencia y religión son casi una misma cosa. El motor de ambos es la fe, aunque su interés por la constatación empírica sea bastante distinto.

Philippe Bloch es el segundo investigador del CERN que he tenido la oportunidad de entrevistar. El primero fue Juan José Gómez Cadenas, con quien he mantenido el contacto a lo largo de los años y es un tipo estupendo que no encaja nada con el arquetipo de científico ensimismado en sus derivas teóricas. Juanjo -cuyo blog científico-literario “Faster than light” está integrado en la web de la revista Jot Down- planea perderse seis meses en la Antártida para acabar su segunda novela. Eso sí debe ser una experiencia espiritual.

Con Bloch apenas pude hablar durante una hora, pero me cayó muy bien porque me dijo que no descarta la posibilidad de que se pueda viajar en el tiempo algún día. Por lo que me pareció entrever, yo creo que los investigadores a estas alturas no descartan casi nada. Me gustan los científicos porque te permiten soñar.

Bloch me ofreció su tarjeta. Tengo su número. Todavía no lo sabe, pero voy a pedirle que me lleve un día de paseo por el Gran Colisionador de Hadrones. A ducharme bajo su contrapicado de ideas inexpugnables. En el Vaticano de los profanos.

 



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